Perfil
Sobre mí
Construyo mis propias herramientas. Eso viene de lejos — de niño mi mamá me compró un armatodo — y programar me gusta por lo mismo: el proceso creativo de crear algo y verlo funcionar.
Empecé temprano: a los once daba clases de computación, a los doce administraba un café internet, a los catorce ya programaba. El computador ha sido mi territorio desde niño. Mi anhelo por el conocimiento no se detiene.
La IA me apasiona desde antes de los LLMs — entré por las redes neuronales convolucionales — y los LLMs no hicieron más que avivar esa pasión.
A los doce leí Viaje al Oeste, las aventuras del Rey Mono, y de ahí llegué al Dao De Jing: esa fue mi puerta a la cultura china. Por esa puerta entró también un amigo muy especial — un cantonés con el que empecé jugando online hace dieciocho años; a él le gustaba la cultura occidental y estaba aprendiendo español. Y del Dao De Jing me quedó algo más: mi manera de enseñar.
Soy melómano: me importa tanto la música como el sonido. Escucho barroco, ópera y música épica, y me fascinan las composiciones hechas con instrumentos virtuales — los VST permiten apilar capas hasta llegar a piezas imposibles de tocar en el mundo real. En épica mi favorito es Phil Rey; Yuki Kajiura compone cosas increíbles; y la voz de Dimash, con esos melismas, parece de otro planeta. Si no los conocen, espero que puedan escucharlos.
Aprendí lo básico de italiano por la ópera: no quería perderme lo que decían, ni el mindset con el que lo cantaban. En la música clásica el intérprete hace una obra nueva cada vez — el metrónomo no existió hasta la época de Beethoven, mucho después del barroco, así que el tempo era una decisión y no una instrucción. La ópera hereda eso: no es una historia cantada, es una actuación, y cada artista construye su propia versión del personaje.
Mi mamá y mi abuela tenían una empresa de chocolates. Lo mío era programar, pero me formé como diseñador gráfico por el bien del negocio familiar. Hoy no ejerzo el diseño y aun así no se me ha ido: creo que todo lo aprendido termina sirviendo, tarde o temprano.
Ese oficio me dejó una convicción — el diseño no es la creatividad del genio, es técnica: teoría del color, teoría de la forma, patrones. Por eso me sentí en casa cuando llegué a los patrones de arquitectura de software: es la misma cabeza.
Cuando no estoy trabajando ni estudiando me distraigo con el ajedrez y con el anime isekai: me gustan esos mundos de fantasía. Casi siempre vienen de novelas ligeras japonesas, y ahí está lo que de verdad me atrapa — la historia contada desde el ángulo de varios personajes, otra vez varias voces a la vez. El anime suele reducirla a un solo punto de vista y algo se pierde en el camino, aunque los detalles de cada interpretación también tienen su gracia.
Me encantan los gatitos. ¿Y a quién no? Tienen cinco días del año dedicados a ellos en distintos países; por algo será, ¿no creen?
Trabajo en remoto y me gusta que así sea. La conexión con la gente también se consigue online: mis mejores amigos los hice jugando, a miles de kilómetros de distancia. La distancia no importa cuando te alineas con alguien y recorren juntos un tramo del camino.